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¡A LA LID, COMPATRIOTAS, VOLEMOS A BUSCAR LA VICTORIA O LA MUERTE!

(Presentación del libro La Guerra Centroamericana contra el esclavismo filibustero en la Biblioteca Nacional de San José,  Costa Rica, el jueves 17 de octubre, 2019)

Jorge Eduardo Arellano

I

EXISTEN TRES perspectivas de la Guerra que el poder expansivo de los Estados Unidos desató, a mediados del siglo antepasado, en Nicaragua: la estadounidense, la nicaragüense y la costarricense. Desde luego, en mi libro prescindo de la primera que tuvo su inicio el significativo año de 1856 con el volumen de 316 páginas redactado por el empresario minero de Boston —socio y amigo de Byron Cole— William V(incent) Wells (1826-1876): Walkers’s Expedition to Nicaragua. En general, la historiografía estadounidense oculta la heroica resistencia de los centroamericanos y sostiene que la derrota del filibustero se debió a las acciones del comodoro Cornelius Vanderbilt (1794-1877), el segundo hombre más rico de Estados Unidos. El australiano radicado en Tanzania, Stephen Dando-Collins, ha sido el último propagandista de esta tesis en su obra: Tycon’s War (Guerra de magnates), editada en Filadelfia en 2009.

Como era de esperarse, en el pequeño volumen —136 páginas— que hoy presento, asumo la perspectiva de la patria de Rubén Darío, el único país de Centroamérica que desde finales del siglo XIX conmemora anualmente su independencia con dos fiestas: la del 14 de septiembre —aniversario de la Batalla de San Jacinto— y la del 15 del mismo mes. Los otros —Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica— se limitan a celebrar su día nacional cada 15 de septiembre en memoria de la separación política en 1821 de nuestras provincias pertenecientes al Reino de Guatemala, implantado por el colonialismo español desde el siglo XVI.

Resumen de Darío

Por eso no era extraño que Darío, en una crónica en La Nación, Buenos Aires, del 28 de septiembre de 1912, resumiese la intrusión filibustera de Walker, cuyos manes —decía— deben estar regocijados. Era aquel filibustero culto y valiente, y de ideas dominadoras y largas vistas tiránicas, según puede verse por sus Memorias, ya en el original en inglés, muy raro [de 1860], ya en la traducción castellana de Fabio Carnevallini [de 1884], también difícil de encontrar. En tiempo de Walker era el tránsito por Nicaragua de aventureros que iban a California con la fiebre del oro. Y con unos vaporcitos en el Gran Lago, o lago de Granada, comenzó la base de su fortuna el abuelo Vanderbilt, tronco de tanto archimillonario que hoy lleva su nombre. William Walker era ambicioso; mas el conquistador nórdico no llegó solamente por su propio esfuerzo, sino que fue llamado y apoyado por uno de los partidos en que se dividía el país. Luego habrían de arrepentirse los que creyeron apoyarse en las armas del extranjero peligroso. Walker se cogió el mandado, como suele decirse. Se impuso por el terror, con sus bien pertrechadas gentes. Sembró el espanto en Granada. Sus tiradores cazaban nicaragüenses como quien caza venados o conejos. Fusiló notables, incendió, arrasó. Y aún he alcanzado a oír cantar ciertas viejas coplas populares:

La pobre doña Sabina

un gran chasco le pasó

que por andar tras los yanques

el diablo se la llevó…

¿Quién era doña Sabina? Una talentosa e inquieta dama costarricense, casada con Silvestre Selva (1777-1855), jefe de Estado en 1844, cuyo hijo, Pedro Higinio Selva Estrada, fue un ardiente secuaz de Walker, y al ser expulsado este, tuvo que abandonar Nicaragua, radicándose en Cuba; y solo retornó para morir entre los suyos en Granada cuarenta años después.

Y llegó Walker a imperar en Granada —continuaba Darío—, y tuvo partidarios nicaragüenses, y hasta algún cura le celebró en un sermón, con citas bíblicas y todo, en la parroquia. Pero el resto de Centroamérica acudió en ayuda de Nicaragua, y con apoyo de todos, y muy especialmente de Costa Rica, concluyó la guerra nacional echando fuera al intruso. De ahí que en Costa Rica la llamada Campaña Nacional constituya el eje de la identidad como nación de este país, que tuvo su más alto forjador durante el siglo XIX en Juan Rafael Mora Porras (1814-1860), quien proclamó verter su sangre, si preciso fuere, en defensa de las leyes, del honor, y la independencia de mi Patria. Y cumplió ese destino cabalmente, como lo ha estudiado a fondo la historiografía costarricense destacando, entre otras heroicas acciones, como San Rosa y Rivas.

Por cierto, con motivo del sesquicentenario de la Guerra Patria —como denomina mi amigo y colega el gran morista Armando Vargas Araya a ese acontecimiento parteaguas de nuestra historia regional— tuve el privilegio de redactar el texto de la placa que el gobierno del ingeniero Enrique Bolaños Geyer colocó en la iglesia de San Francisco de Rivas, en septiembre de 2006: En memoria del gobierno / y pueblo de Costa Rica / que combatieron al filibusterismo / el 11 de abril de 1856 / ofrendando su sangre / por la libertad de Centroamérica. / Rivas, Nicaragua, / Comisión del Sesquicentenario, 2006.

Y proseguía la cita de Darío: El bucanero volvió a las andadas. Desembarcó en Honduras. Fue tomado prisionero en Trujillo y, para evitar nuevas invasiones, se le fusiló. Y la defensa contra el famoso yanqui ha quedado como una de las páginas más brillantes de la historia de las cinco repúblicas centroamericanas.

Carácter centroamericano

Precisamente, es ese carácter centroamericano uno de los aspectos que más destaco en mi librito organizado —no orgánico, pues consiste en una compilación de reportajes dispersos— desde su título preciso: La guerra centroamericana contra el filibusterismo esclavista. Recuérdese que durante este acontecimiento histórico —la primera y única vez que las milicias del istmo combatieron unidas— las fuerzas aliadas de Centroamérica movilizaron unos 18 mil hombres. De estos, 11 500 procedían de Estados que no eran Nicaragua, o sea más de la mitad del total. El número de muertos en combate fue de 5800 y del Cólera Morbus perecieron en todos los países centroamericanos, y entre militares y civiles, 27 500. Entre ellos, 10 000 costarricenses, o algo más, si se incluyen los 500 cadáveres que el ejército al mando de Juan Rafael Mora abandonó en la playa de San Juan del Sur, contagiados en la segunda batalla de Rivas el 11 de abril de 1856. Según la investigación de Germán Tjarks, Costa Rica tuvo 53 000 casos de cólera asiático y 9615 defunciones en diez semanas.

Se distinguieron en la conducción de la guerra los guatemaltecos José Víctor Zavala y Mariano Paredes, el salvadoreño Ramón Belloso y el hondureño Florencio Xatruch (por cierto tiempo Comandante en Jefe de los aliados), aparte de otro hondureño que ordenó la ejecución de Walker en Trujillo, Honduras, el 12 de septiembre de 1857: Santos Guardiola. (Pero no fue una ejecución sumaria, según Víctor Hugo Acuña, sino precedida de un proceso iniciado el 6 de septiembre que constaba de 52 folios).

Entre los costarricenses brillaron Juan Rafael y José Joaquín Mora Porras, más José María Cañas. Y entre los nicaragüenses: Tomás Martínez, Fernando Chamorro y Máximo Jerez. Este había lavado su culpa de apoyar la contrata por la cual la facción democrática, de la que era líder, introdujo la fuerza mercenaria de Walker, pero oportunamente rompió con este y firmó la unión de los nicaragüenses el 12 de septiembre del 56 para, de inmediato, combatir al usurpador anglosajón. En cuanto a Chamorro —al mando de tropas nicas y ticas—, venció al coronel walkerista Edward Sanders, en la batalla del Jocote el 5 de marzo de 1857, sobre el sector terrestre de la Ruta del Tránsito. Sanders llevaba inscrito en la bandera de su batallón (dos franjas azules y la de en medio blanca) con una estrella de cinco puntas el lema Five or None, es decir, las cinco repúblicas centroamericanas o ninguna.

La fibra poética

Pues bien, el guatemalteco Tadeo N. Gómez en su Clarín Patriótico (San José, Costa Rica, Imprenta de La Paz, 1857), una docena de composiciones en verso glorificadoras de la victoria sobre el filibusterismo, incluye una en que exalta a sus conductores:

Mora y Cañas ¡oh, jefes invictos!

La Nación reconoce los hechos,

Que por ella con ínclitos pechos,

Vuestro esfuerzo arrostró con ardor.

 

Y Xatruch y Zavala y Martínez

Y Jerez y Chamorro esforzado,

Su patriótico brío han probado

Combatiendo en los campos de honor.

 

La fibra poética vibró también entre los walkeristas leoneses, a raíz de la toma de Granada por el último y más tenaz de los filibusteros el 13 de octubre de 1855:

Viva el ilustra Walker

Viva la patria entera

Viva la libertad

La Aristocracia muera.

 

 

Corramos a las filas

De William, el valiente,

Que serena su frente

Nos conduce a triunfar.

 

E incluso a los mismos se les ha atribuido la siguiente cuarteta, en la que se enumera a los cuatro jefes de Estado de los países centroamericanos, listos para expulsar al filibusterismo:

Muera el triste Carrera,

El miserable Mora

Y Campo y Guardiola

Que se mueran también.

 

Sin embargo, ya en plena guerra nacional, el pueblo nicaragüense optaría por referir su propia participación bélica a través del corrido con matices festivos y burlescos. Me refiero a “La Mama Ramona”: composición directa en contra de los filibusteros, a quienes se les denomina yanques:

Por allá vienen los yanques,

allá vienen los cabrones

a cogerse Nicaragua

los grandísimos ladrones.

 

Por allá vienen los yanques

con chaquetas coloradas,

diciendo ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

“En Granada ya no hay nada”.

 

La “Mama Ramona” alentaba a los nicaragüenses ya unidos (véanse, en las siguientes estrofas, las alusiones a un sitio de León y un paraje granadino) e identificados por el ineludible objetivo de expulsar al invasor:

Para los yanques tenemos

una hermosa recepción:

el filo de los machetes

y las balas de cañón.

 

En la calle’e Guadalupe

vamos a formar un puente,

con las costillas de un yanque

y la sangre de un valiente.

 

Si en el camino a Mombacho,

ves dos orejas en punta:

tirale por hijo’e puta

que’s la cabeza de un “macho”!

 

Para el pueblo, Mama Ramona representaba a la mujer entreguista deslumbrada ante el extranjero; por eso la moraleja del corrido no podía ser más burlesca: A la pobre Mama Ramona / la gran vaina le pasó, / por meterse con los yanques / el diablo se la llevó. // La pobre Mama Ramona / de un yanque se enamoró. / La agarraron los trotones / y ni el cuento nos contó.

Por su parte, el salvadoreño Juan J. Cañas (1826-1918), dirigió desde León, el 19 de julio de 1856, una exaltada composición en verso impresa en hoja suelta: “A los centroamericanos”, que terminaba: Juremos, pues mis bravos compañeros / A los malvados no tener piedad; / Y defender cual ínclitos guerreros / La independencia y clara libertad. Pero fue el granadino Juan Iribarren (1827-1864), el autor de varias canciones patrióticas impresas también. Entonadas en el vivac, con música de La Marsellesa, una de ellas tenía el siguiente estribillo: Centroamericanos: / El arma empuñad / Y morid peleando / Por la libertad. He aquí tres de sus estrofas:

En el seno mirad de la Patria

A los fieros beduinos del Norte

¿Habrá alguno tan vil que soporte

Tanta mengua, tan negro baldón?

 

¡A la lid, compatriotas, volemos

A buscar la victoria o la muerte

Que al vencido le espera la suerte

De vivir en eterna opresión! […]

 

¡Guerra a muerte a esos viles ingratos!

¡Guerra al yankee de robos sediento!

¡Que reciba un severo escarmiento

Su perfidia, su horrible traición!

II

Pasando al contenido de mi breviario o manual, que es tanto crónica como interpretación, ocho suman sus capítulos básicos: “El filibustero esclavista y su respuesta en Centroamérica” se titula el primero. Ahí retomo a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) en su Vida de Lincoln: que el expansionismo estadounidense buscó espacio hacia el Sur sobre Texas por la anexión, sobre México por la guerra de conquista —mediante la cual Estados Unidos se apoderó en 1848 de casi la mitad de su territorio— y sobre Centroamérica a través del filibusterismo.

Desarrollado en la década de 1850, este fenómeno consistía en iniciativas privadas que organizaban con soldiers of fortune —desde Nueva York, San Francisco California y Nueva Orleans— expediciones bélicas, al margen del gobierno, a países con los que Estados Unidos estaba en paz (España —dueña entonces de Cuba—, México y Nicaragua). Al filibusterismo de Walker lo animaba, naturalmente, la corriente mesiánica del Destino Manifiesto, “el estribillo nacional para la expansión continental”, en palabras de Samuel Flagg Bemis; y el proyecto sureño de construir un imperio esclavista en el Caribe (incluyendo América Central), como lo ha demostrado el académico Robert E. May en The Southern Dream of a Caribbean Empire (1973).

Establecido en California junto a varios líderes sureños que lo apoyaban, Walker fue uno de los promotores de ese Manifiest Destiny. Las invasiones que comandó en México y Nicaragua se inscribieron en tal concepción. El 3 de noviembre de 1853 declaró “libre” el Estado de Baja California, autoproclamándose “Presidente”. Lo mismo hizo con 46 hombres el 18 de enero de 1855 en Sonora. Frustrado en ambas tentativas, alardeó de su superioridad racial al sostener: Cuando los pueblos de un territorio han sido incapaces de desarrollar los recursos que la naturaleza ha puesto a su disposición, los intereses de la civilización exigen que otros vayan a tomar posesión de aquel territorio.

Entregándose en la frontera con México, Walker fue conminado a presentarse en San Francisco para responder al cargo de haber infringido la Ley de Neutralidad de su país, datada de 1818. Enjuiciado cinco meses después, argumentó que él y sus hombres habían deseado “liberar de un gobierno corrompido al sufrido pueblo de Sonora y protegerlo contra las incursiones de feroces apaches. Al igual que los Padres Peregrinos —dijo— habían llegado a una tierra de salvajes a rescatarla de ellos y a convertirla en un hogar de garantía y de paz para gente civilizada”.

Abanderado esclavista del Sur estadounidense, nunca dejó de ser —lo reitero— un relevante heraldo del Destino Manifiesto que pregonaba la incapacidad de los países hispanoamericanos de gobernarse a sí mismos; un adalid de la expansión imperial y un racista notorio. En efecto, creía en la superioridad de la raza blanca antes que lo hiciera el diplomático y filósofo francés Joseph Arthur, conde de Gobineau (1816-1888), autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-55). En su libro The War in Nicaragua (1860), Walker expuso esta premisa: los blancos, dueños del mundo, porque han sido bendecidos por Dios con la inteligencia; y los negros, sus esclavos, porque tienen fortaleza para trabajar; blancos y negros, inteligencia más músculo; los mestizos —haraganes inservibles— deberán ser exterminados.

Los siguientes capítulos desarrollan la primera batalla de Rivas contra los filibusteros el 29 de julio de 1855, los cubanos walkeristas de Domingo Goicouría, la batalla de San Jacinto y su vencedor José Dolores Estrada, el incendio de Granada el 23 y 24 de noviembre de 1856, Costa Rica y su campaña nacional, la capitulación y el rescate de Walker en Rivas por la fragata Saint Mary enviada por el gobierno de los Estados Unidos, y el fusilamiento del “Rey de los filibusteros” en Honduras. En otras palabras, divulgo el conocimiento esencial “que debemos tener los nicaragüenses en general, y las nuevas generaciones en particular” acerca de lo que llamamos en mi país Guerra Nacional.

Una actualizada y bastante completa bibliografía (dividida en libros y folletos, artículos y ensayos, documentos impresos, y textos varios —narrativa, poesía, teatro, guiones de cine— sustentan este modesto aporte historiográfico sobre la guerra antifilibustera de Centroamérica, temática aún no agotada. Finalmente, incluyo en los anexos un calendario sinóptico de los hechos entre el 16 de junio de 1855 y el 5 de mayo de 1857 —elaborado por el doctor Alejandro Bolaños Gayer—, dos semblanzas (una de Agustín Vijil, acusado de cura filibustero en su momento, y otra de Joaquín Miller, el bardo de Walker), más el análisis de la novela de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya: “El último filibustero: la intrusión walkerista vista por el patriciado conservador”.

La primera batalla de Rivas, o más bien combate entre nicaragüenses del partido legitimista contra los filibusteros y algunos walkeristas leoneses, fue la primera derrota del expansionismo de los Estados Unidos en Centroamérica. Las bajas invasoras sumaron dieciocho: once muertos y siete heridos. En su libro, Walker lamentó la pérdida de sus aguerridos oficiales: Aquiles Kewer y Timothy Crocker; el primero había peleado en una invasión filibustera a Cuba y el segundo junto a Walker en su campaña de Sonora. Además, omite que los legitimistas capturaron su espada y el original de la contrata Castellón-Cole.

En cuanto al aporte del criollo cubano Domingo Goicouría (1804-1870) a la causa de los americanos en Nicaragua —como llamaba Walker a su proyecto socio-político— consistió en tres aspectos: 1) como reclutador de soldados cubanos (unos 200) y estadounidenses; 2) como activo combatiente al servicio de Walker dirigiendo exitosas operaciones militares; y 3) como agente diplomático en Estados Unidos e Inglaterra. Pero, salvo excepciones, la historiografía tica no le ha otorgado la importancia que merece este episodio, ni tampoco a la memorable batalla de la hacienda de San Jacinto, en el centro de Nicaragua, precedida de la refriega de Cunaguás en Chontales el 9 de agosto de 1856. Aludo a una carga a la bayoneta que produjo 21 filibusteros muertos, además de esta arenga del capitán legitimista Dámaso Rivera al final de su parte de guerra:

Es impotente el filibustero en presencia del soldado de la patria. Atacad, nicaragüenses; una fe mercenaria poco da que temer al valor. Por victoria hallará el escarmiento, y su triunfo será el deshonor.

De San Jacinto y José Dolores Estrada me ocupo ampliamente, recalcando que fue una sola batalla en dos etapas: la del 5 y la del 14 de septiembre del 56, combates que fueron los únicos de nuestra guerra nacional en los cuales nicaragüenses se enfrentaron sin auxiliares, resultando una victoria de los nuestros. Dieciocho muertos y un mayor número de heridos fueron las bajas de los atacantes, sin incluir a Byron Cole, el iniciador del movimiento filibustero en Nicaragua, colgado por su perseguidor Faustino Salmerón, uno de campesinos que lo capturaron en la hacienda de San Ildefonso. Cole encabezaba la tropa de Walker. “San Jacinto —reitero un juicio de don Ricardo Fernández Guardia— tuvo una inmensa resonancia en Nicaragua; no obstante la cortedad numérica de las fuerzas que en tomaron parte, contribuyó a desalentar a los filibusteros y a dar ánimo a los centroamericanos”.

Finalmente, debo aclarar que mi aporte historiográfico no es acabado, ya que requiere aumentarse e intentar la integración de las tres perspectivas anotadas, sin prescindir del contexto internacional, en concreto de la rivalidad entre Estados Unidos e Inglaterra que, controlando la Mosquitia, ocupaba desde 1848 el puerto de San Juan del Norte. Esta rivalidad —no hay que olvidarlo— “fue una de las causas por las que el pueblo norteamericano —señala Dana G. Munro— apoyó las expediciones aventuraras de Walker”.

También aprovecharé dos obras interesantes, y que sospecho no han trascendido a Costa Rica: las de Carlos Pérez Pineda (2014) sobre la contribución militar de los estados centroamericanos del Norte y la del nicaragüense Aldo Díaz Lacayo (2015), que detalla las omisiones existentes de la Guerra Centroamericana contra el filibusterismo esclavista. Sin olvidarme, naturalmente, de la historiografía y la ficción narrativa ticas, las más abundante de lo que va en el siglo XXI.

 
 

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